99¬. "Los romanos, como era su costumbre, enviaron a diez senadores a las zonas de Iberia recién adquiridas, que Escipión o Bruto antes que él habían recibido bajo rendición o habían tomado por la fuerza, a fin de organizarlas sobre una base de paz. Posteriormente, al haberse producido otras revueltas en Iberia, fue elegido como general Calpurnio Pisón. A él le sucedió en el mando Servio Galba. Sin embargo, cuando los cimbrios invadieron Italia, y Sicilia se debatía en la segunda guerra de los esclavos, no enviaron ningún ejército a Iberia a causa de sus múltiples preocupaciones, pero enviaron legados para que llevaran la guerra del modo que les fuera posible. Después de la expulsión de los cimbrios, llegó Tito Didio y dio muerte hasta veinte mil arevacos. A Termeso, una ciudad grande y siempre insubordinada contra los romanos, la trasladó desde la posición sólida que ocupaba a la llanura y ordenó que sus habitantes vivieran sin murallas. Después de poner sitio a Colenda, la tomó a los ocho meses de asedio por rendición voluntaria y vendió a todos sus habitantes con los niños y las mujeres."
100¬. "Existía otra ciudad próxima a Colenda, habitada por tribus mezcladas de los celtíberos , a quienes Marco Mario había a sentado allí hacía cinco años con la aprobación del senado, por haber combatido como aliados suyos contra los lusitanos. Pero éstos a causa de su pobreza se dedicaron al bandidaje. Didio, tras tomar la decisión de destruirlos, con el beneplácito de los diez legados todavía presentes, comunicó a los notables que quería repartirles el territorio de Colenda en razón de su pobreza. Cuando los vio alegres, les ordenó que comunicaran al pueblo esta decisión y acudieran con sus mujeres e hijos a la repartición del terreno. Después que llegaron, ordenó a sus soldados que evacuaran el campamento y, a los que iban a recibir el nuevo asentamiento, que penetraran en su interior so pretexto de inscribir en un registro a la totalidad de ellos, en una lista los hombres y en otra las mujeres y los niños para conocer qué cantidad de tierra era necesario repartirles. Cuando hubieron penetrado en el interior de la zanja y empalizada, Didio, rodeándoles con el ejército, les dio muerte a todos. Y por estos hechos también celebró su triunfo Didio. De nuevo se sublevaron los celtíberos y, enviado Flaco contra ellos, mató a veinte mil. En la ciudad de Belgeda, el pueblo, presto a la revuelta, prendió fuego al consejo, que se hallaba indeciso, en el mismo lugar de su reunión. Flaco marchó contra ellos y dio muerte a los culpables."
101¬. "Éstos son los hechos que encontré dignos de mención en las relaciones de los romanos con los iberos , como pueblo, hasta este momento. En un período posterior, cuando surgieron en Roma las disensiones entre Sila y Cinna, y el suelo patrio se vio dividido por guerras civiles y campamentos, Quinto Sertorio, del partido de Cinna, elegido para mandar en Iberia, sublevó a esta última contra los romanos. Después de reunir un gran ejército y crear un senado de sus propios amigos a imitación del senado romano, marchó contra roma con atrevimiento y una moral elevada. También en lo demás era renombrado por su celo extremado, hasta tal punto que el senado, lleno de temor, eligió contra él a aquellos de sus generales que gozaban de la máxima fama entonces: Cecilio Metelo con un gran ejército y Gneo Pompeyo con otro ejército, para que repelieran de cualquier manera posible esta guerra fuera de Italia, gravemente aquejada por la guerra civil. Pero a Sertorio lo mató Perpenna, uno de sus partidarios, que se plocamó a sí mismo general de la facción en su lugar, y Pompeyo dio muerte en el combate a Perpenna, de modo que esta guerra que había causado gran alarma a los romanos por el miedo llegó a su fin. Los pormenores de la misma los mostrará el libro de la guerra civil concerniente a Sila."
102¬. "Después de la muerte de Sila, fue elegido como pretor para Iberia, Gayo César, con poder incluso para hacer la guerra a quienes fuera necesario. Sometió por la fuerza de las armas a todos aquellos pueblos iberos que estaban agitados o faltaban por someter a los romanos. A algunos que se sublevaron los sometió Octavio César, el hijo de Gayo, llamado Augusto. Y me parece a mí que desde aquel tiempo los romanos dividieron Iberia¬ a la que precisamente ahora llaman Hispania¬ en tres partes y comenzaron a enviar, cada año, gobernadores a cada una de ellas, dos elegidos por el senado y el tercero por el emperador por el tiempo que estimase oportuno."
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viernes, 19 de septiembre de 2008
martes, 2 de septiembre de 2008
Inicio de la Guerra de Numancia
76¬. "Retorna ahora nuestra historia a la guerra de arevacos y numantinos, a los que Viriato había incitado a la revuelta. Cecilio Metelo fue enviado desde Roma contra ellos con un ejército más numeroso y sometió a los arevacos, cayendo sobre ellos con sobrecogedora rapidez, mientras estaban entregados a las faenas de la recolección. Sin embargo, todavía le quedaban Termancia y Numancia. Numancia era de difícil acceso, pues estaba rodeada por dos ríos, precipicios y bosques muy densos, Sólo existía un camino que descendía a la llanura, el cual estaba lleno de zanjas y empalizadas. Sus habitantes eran excelentes soldados, tanto a caballo como a pie, y en total sumaban unos ocho mil. Aun siendo tan pocos pusieron en graves aprietos a los romanos a causa de su valor. Metelo, después del invierno, entregó a Quinto Pompeyo [Aulo], su sucesor en el mando, el ejército consistente en treinta mil soldados de infantería y dos mil jinetes perfectamente entrenados. Pompeyo, cuando estaba acampado ante Numancia, Pompeyo marchó a cierto lugar, y los numantinos, descendiendo, mataron a un cuerpo de su caballería que corría detrás de él. Cuando regresó, desplegó su ejército en la llanura y los numantinos bajando a su encuentro se replegaron un poco como intentando huir hasta que Pompeyo (...) en las empalizadas y precipicios."
martes, 10 de junio de 2008
Sertorio en Hispania, según Plutarco (VI)
Ver quinta parte.
XX ¬. Andaba muy decaído de ánimo, a causa de que no parecía por ninguna parte la cierva, y se sentía falto de este artificio para con aquellos bárbaros, entonces más que nunca necesitados de consuelo. Por casualidad, unos que discurrían por el campo con otro motivo dieron con ella, y conociéndola por el color la recogieron. Habiéndolo entendido Sertorio, les prometió una crecida suma, con tal que a nadie lo dijesen; y ocultando la cierva, pasados unos cuantos días se encaminó al sitio de las juntas públicas con un rostro muy alegre, manifestando a los caudillos de los bárbaros que de parte de Dios se le había anunciado en sueños una señalada ventura, y subiendo después al tribunal se puso a dar audiencia a los que se presentaron. Dieron a este tiempo suelta a la cierva los que estaban encargados de su custodia, y ella, que vio a Sertorio, echando a correr muy alegre hacia la tribuna, fue a poner la cabeza entre las rodillas de aquel, y con la boca le tocaba la diestra, como antes solía ejecutarlo. Correspondió Sertorio con cariño a sus halagos, y aun derramó alguna lágrima, lo que al principio causó admiración a los que se hallaban presentes, pero después acompañaron con aplauso y regocijo hasta su habitación a Sertorio, teniéndole por un hombre extraordinario y amado de los Dioses, y cobrando ánimo concibieron faustas esperanzas.
XXI ¬. En los campos seguntinos había reducido a los enemigos a la última escasez, y le fue preciso combatir con ellos en ocasión que bajaban a merodear y hacer provisiones. Peleóse denodadamente por una y otra parte, y Memio, el mejor caudillo de los que militaban bajo Pompeyo, murió en lo más recio de la batalla. Vencía, por tanto, Sertorio, y con gran mortandad de los que se le oponían trataba de penetrar hasta Metelo, el cual, sosteniéndose y peleando alentadamente, fuera de lo que permitía su edad, fue herido de un bote de lanza. Los Romanos, que vieron el hecho, o llegaron a oírlo, se cubrieron de vergüenza de que pudiera decirse abandonaban a su general, y al mismo tiempo se encendieron en ira contra los enemigos. Protegiéronle, pues, con los escudos, y combatiendo esforzadamente, no sólo le retiraron, sino que rechazaron a los Hispanos. Mudóse con esto la suerte de la victoria, y Sertorio, para proporcionar a los suyos una fuga segura y dar tiempo a que le llegaran nuevas tropas, se retiró a una ciudad montuosa y bien fortificada, cuyos muros empezó a reparar, y a obstruir sus puertas, sin embargo de que en todo pensaba más que en aguantar allí un sitio, sino que así engañó a los enemigos. Porque atendiendo a él solo, y esperando que sin dificultad se apoderarían de la ciudad, no pensaron en perseguir a los bárbaros en su fuga, ni hicieron caso de las fuerzas que de nuevo acudían a Sertorio. Reuníalas en tanto, enviando caudillos a las ciudades que estaban por él, y dándoles orden de que cuando tuvieran bastante número se lo avisaran por un emisario. Cuando ya tuvo estos avisos, salió sin trabajo por medio de los enemigos, fue a unirse con su gente, y presentándose otra vez con respetables fuerzas les interceptaba a aquellos los víveres: los que podían venirles por tierra, armándoles celadas, cortando sus partidas y apareciéndose por todas partes, sin darse ni darles reposo; y los del mar, por medio de barcos corsarios, con los que era dueño de la marina, en términos que, precisados los generales romanos a separarse, Metelo se retiró a la Galia, y Pompeyo hubo de invernar con incomodidad en los Vacceos, por falta de fondos; escribiendo al Senado que no regresaría con el ejército si no se le enviaba dinero: porque ya había gastado todo su caudal peleando por la Italia; en Roma no se hablaba de otra cosa sino de que Sertorio llegaría antes a la Italia que Pompeyo. ¡A este punto trajo la pericia y destreza de Sertorio a los primeros y más hábiles generales de aquel tiempo!
XXII ¬. Manifestó el mismo Metelo cuánto le imponía este insigne varón, y cuán ventajoso era el concepto que de él tenía, porque hizo publicar por pregón que si algún Romano le quitaba la vida le daría cien talentos de plata y veinte mil yugadas de tierra, y si fuese algún desterrado le concedería la vuelta a Roma; lo que era desesperar de poderlo conseguir en guerra abierta, poniéndolo en almoneda para una traición. Además, habiendo vencido en una ocasión a Sertorio, se envaneció tanto y lo tuvo a tan grande dicha, que se hizo saludar emperador, y las ciudades por donde transitaba le recibían con sacrificios y con aras. Dícese que consintió le ciñeran las sienes con coronas y que se le dieran banquetes suntuosos, en los que brindaba adornado con ropa triunfal. Teníanse dispuestas victorias con tal artificio, que por medio de resortes le presentaban trofeos y coronas de oro, y había, coros de mozos y doncellas que le cantaban himnos de victoria: haciéndose justamente ridículo con semejantes demostraciones, pues que tanto se vanagloriaba y tal contento había concebido de haber quedado vencedor por haberse él retirado espontáneamente respecto de un hombre a quien llamaba el fugitivo de Sila y el último resto de la fuga de Carbón. De la grandeza de ánimo de Sertorio son manifiestas pruebas, lo primero, el haber dado el nombre de Senado a los que de este Cuerpo habían huido de Roma y se le habían unido, y el elegir entre ellos los Cuestores y Pretores, procediendo en todas estas cosas según las leyes patrias; y lo segundo, el que, valiéndose de las armas, de los bienes y de las ciudades de los Hispanos, ni en lo más mínimo partía con ellos el sumo poder, y a los Romanos los establecía por sus generales y magistrados, como queriendo reintegrar a éstos en su libertad y no aumentar a aquellos en perjuicio de los Romanos. Porque era muy amante de la patria y ardía en el deseo de la vuelta; sino que viéndose maltratado se mostraba hombre de valor; mas nunca hizo contra los enemigos cosa que desdijese, y después de la victoria enviaba a decir a Metelo y a Pompeyo que estaba pronto a deponer las armas y a vivir como particular si alcanzaba la restitución; porque más quería ser en Roma el último de los ciudadanos, que no que se le declarara emperador de todos los demás, teniendo que estar desterrado de su patria. Dícese que era gran parte su madre para desear la vuelta, porque había sido criado por ella siendo huérfano, y en todo no tenía otra voluntad que la suya. Así es que, llamado ya por sus amigos al mando en Hispania, cuando supo que su madre había muerto estuvo en muy poco que no perdiese la vida de dolor, porque siete días estuvo tendido en el suelo sin dar señal a los soldados ni dejarse ver de ninguno de sus amigos, y con dificultad los demás caudillos y otras personas de autoridad, rodeándole en su tienda, pudieron precisarle a que saliera y hablara a los soldados, y se encargara de los negocios, que iban prósperamente; por lo cual muchos entienden que él era naturalmente de condición benigna e inclinado al reposo, y que, por accidentes que sobrevinieron, tuvo que recurrir contra su deseo a mandos militares, y no encontrando seguridad sino en las armas, que sus enemigos le forzaron a tomar, le fue preciso hacer de la guerra un resguardo y defensa de su persona.
XXIII ¬. Mostróse asimismo su grandeza de ánimo en la conducta que tuvo con Mitridates; porque cuando este rey, rehaciéndose como para una segunda lucha del descalabro que sufrió con Sila, quiso de nuevo acometer al Asia, era ya grande la fama que de Sertorio había corrido por todas partes, y los navegantes, como de mercancías extranjeras, habían llenado el Ponto de su nombre y sus hazañas. Tenía resuelto enviarle embajadores, acalorado principalmente con las exageraciones de los lisonjeros, que comparando a Sertorio con Anibal y a Mitridates con Pirro decían que los Romanos, dividiendo su atención a dos partes, no podrían resistir a tanta fuerza y destreza juntas, si el más hábil general llegaba a unirse con el mayor de todos los reyes. Envía, pues, Mítridates embajadores a Hispania con cartas para Sertorio, y con el encargo de decirle que le daría fondos y naves para la guerra, sin solicitar más de él sino que le hiciera segura la posesión de toda aquella parte del Asia que había tenido que ceder a los Romanos conforme a los tratados ajustados con Sila. Convocó Sertorio a Consejo, al que, como siempre, llamó Senado; y siendo los demás de dictamen de que se accediera a la propuesta como muy admisible, pues que no pidiéndosele más que nombres y letras vanas sobre objetos que no estaban en su facultad, iban en cambio a recibir cosas positivas que les hacían gran falta, no vino en ello Sertorio, sino que dijo que no repugnaría el que Mitridates ocupase la Bitinia y la Capadocia, provincias dominadas siempre por el rey y que no pertenecían a los Romanos, pero en cuanto a una provincia que, poseída por éstos con el mejor título, Mitridates se la había quitado y retenido, perdiéndola después, primero, por haberla reconquistado Fimbria con las armas, y luego por haberla cedido aquel a Sila en el tratado, no consentiría que volviese ahora a ser suya; porque mandando él, debía tener aumentos la república y no hacer pérdidas a trueque de que mandase: pues era propio del hombre virtuoso el desear vencer con honra; pero con ignominia, ni siquiera salvar la vida.
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XX ¬. Andaba muy decaído de ánimo, a causa de que no parecía por ninguna parte la cierva, y se sentía falto de este artificio para con aquellos bárbaros, entonces más que nunca necesitados de consuelo. Por casualidad, unos que discurrían por el campo con otro motivo dieron con ella, y conociéndola por el color la recogieron. Habiéndolo entendido Sertorio, les prometió una crecida suma, con tal que a nadie lo dijesen; y ocultando la cierva, pasados unos cuantos días se encaminó al sitio de las juntas públicas con un rostro muy alegre, manifestando a los caudillos de los bárbaros que de parte de Dios se le había anunciado en sueños una señalada ventura, y subiendo después al tribunal se puso a dar audiencia a los que se presentaron. Dieron a este tiempo suelta a la cierva los que estaban encargados de su custodia, y ella, que vio a Sertorio, echando a correr muy alegre hacia la tribuna, fue a poner la cabeza entre las rodillas de aquel, y con la boca le tocaba la diestra, como antes solía ejecutarlo. Correspondió Sertorio con cariño a sus halagos, y aun derramó alguna lágrima, lo que al principio causó admiración a los que se hallaban presentes, pero después acompañaron con aplauso y regocijo hasta su habitación a Sertorio, teniéndole por un hombre extraordinario y amado de los Dioses, y cobrando ánimo concibieron faustas esperanzas.
XXI ¬. En los campos seguntinos había reducido a los enemigos a la última escasez, y le fue preciso combatir con ellos en ocasión que bajaban a merodear y hacer provisiones. Peleóse denodadamente por una y otra parte, y Memio, el mejor caudillo de los que militaban bajo Pompeyo, murió en lo más recio de la batalla. Vencía, por tanto, Sertorio, y con gran mortandad de los que se le oponían trataba de penetrar hasta Metelo, el cual, sosteniéndose y peleando alentadamente, fuera de lo que permitía su edad, fue herido de un bote de lanza. Los Romanos, que vieron el hecho, o llegaron a oírlo, se cubrieron de vergüenza de que pudiera decirse abandonaban a su general, y al mismo tiempo se encendieron en ira contra los enemigos. Protegiéronle, pues, con los escudos, y combatiendo esforzadamente, no sólo le retiraron, sino que rechazaron a los Hispanos. Mudóse con esto la suerte de la victoria, y Sertorio, para proporcionar a los suyos una fuga segura y dar tiempo a que le llegaran nuevas tropas, se retiró a una ciudad montuosa y bien fortificada, cuyos muros empezó a reparar, y a obstruir sus puertas, sin embargo de que en todo pensaba más que en aguantar allí un sitio, sino que así engañó a los enemigos. Porque atendiendo a él solo, y esperando que sin dificultad se apoderarían de la ciudad, no pensaron en perseguir a los bárbaros en su fuga, ni hicieron caso de las fuerzas que de nuevo acudían a Sertorio. Reuníalas en tanto, enviando caudillos a las ciudades que estaban por él, y dándoles orden de que cuando tuvieran bastante número se lo avisaran por un emisario. Cuando ya tuvo estos avisos, salió sin trabajo por medio de los enemigos, fue a unirse con su gente, y presentándose otra vez con respetables fuerzas les interceptaba a aquellos los víveres: los que podían venirles por tierra, armándoles celadas, cortando sus partidas y apareciéndose por todas partes, sin darse ni darles reposo; y los del mar, por medio de barcos corsarios, con los que era dueño de la marina, en términos que, precisados los generales romanos a separarse, Metelo se retiró a la Galia, y Pompeyo hubo de invernar con incomodidad en los Vacceos, por falta de fondos; escribiendo al Senado que no regresaría con el ejército si no se le enviaba dinero: porque ya había gastado todo su caudal peleando por la Italia; en Roma no se hablaba de otra cosa sino de que Sertorio llegaría antes a la Italia que Pompeyo. ¡A este punto trajo la pericia y destreza de Sertorio a los primeros y más hábiles generales de aquel tiempo!
XXII ¬. Manifestó el mismo Metelo cuánto le imponía este insigne varón, y cuán ventajoso era el concepto que de él tenía, porque hizo publicar por pregón que si algún Romano le quitaba la vida le daría cien talentos de plata y veinte mil yugadas de tierra, y si fuese algún desterrado le concedería la vuelta a Roma; lo que era desesperar de poderlo conseguir en guerra abierta, poniéndolo en almoneda para una traición. Además, habiendo vencido en una ocasión a Sertorio, se envaneció tanto y lo tuvo a tan grande dicha, que se hizo saludar emperador, y las ciudades por donde transitaba le recibían con sacrificios y con aras. Dícese que consintió le ciñeran las sienes con coronas y que se le dieran banquetes suntuosos, en los que brindaba adornado con ropa triunfal. Teníanse dispuestas victorias con tal artificio, que por medio de resortes le presentaban trofeos y coronas de oro, y había, coros de mozos y doncellas que le cantaban himnos de victoria: haciéndose justamente ridículo con semejantes demostraciones, pues que tanto se vanagloriaba y tal contento había concebido de haber quedado vencedor por haberse él retirado espontáneamente respecto de un hombre a quien llamaba el fugitivo de Sila y el último resto de la fuga de Carbón. De la grandeza de ánimo de Sertorio son manifiestas pruebas, lo primero, el haber dado el nombre de Senado a los que de este Cuerpo habían huido de Roma y se le habían unido, y el elegir entre ellos los Cuestores y Pretores, procediendo en todas estas cosas según las leyes patrias; y lo segundo, el que, valiéndose de las armas, de los bienes y de las ciudades de los Hispanos, ni en lo más mínimo partía con ellos el sumo poder, y a los Romanos los establecía por sus generales y magistrados, como queriendo reintegrar a éstos en su libertad y no aumentar a aquellos en perjuicio de los Romanos. Porque era muy amante de la patria y ardía en el deseo de la vuelta; sino que viéndose maltratado se mostraba hombre de valor; mas nunca hizo contra los enemigos cosa que desdijese, y después de la victoria enviaba a decir a Metelo y a Pompeyo que estaba pronto a deponer las armas y a vivir como particular si alcanzaba la restitución; porque más quería ser en Roma el último de los ciudadanos, que no que se le declarara emperador de todos los demás, teniendo que estar desterrado de su patria. Dícese que era gran parte su madre para desear la vuelta, porque había sido criado por ella siendo huérfano, y en todo no tenía otra voluntad que la suya. Así es que, llamado ya por sus amigos al mando en Hispania, cuando supo que su madre había muerto estuvo en muy poco que no perdiese la vida de dolor, porque siete días estuvo tendido en el suelo sin dar señal a los soldados ni dejarse ver de ninguno de sus amigos, y con dificultad los demás caudillos y otras personas de autoridad, rodeándole en su tienda, pudieron precisarle a que saliera y hablara a los soldados, y se encargara de los negocios, que iban prósperamente; por lo cual muchos entienden que él era naturalmente de condición benigna e inclinado al reposo, y que, por accidentes que sobrevinieron, tuvo que recurrir contra su deseo a mandos militares, y no encontrando seguridad sino en las armas, que sus enemigos le forzaron a tomar, le fue preciso hacer de la guerra un resguardo y defensa de su persona.
XXIII ¬. Mostróse asimismo su grandeza de ánimo en la conducta que tuvo con Mitridates; porque cuando este rey, rehaciéndose como para una segunda lucha del descalabro que sufrió con Sila, quiso de nuevo acometer al Asia, era ya grande la fama que de Sertorio había corrido por todas partes, y los navegantes, como de mercancías extranjeras, habían llenado el Ponto de su nombre y sus hazañas. Tenía resuelto enviarle embajadores, acalorado principalmente con las exageraciones de los lisonjeros, que comparando a Sertorio con Anibal y a Mitridates con Pirro decían que los Romanos, dividiendo su atención a dos partes, no podrían resistir a tanta fuerza y destreza juntas, si el más hábil general llegaba a unirse con el mayor de todos los reyes. Envía, pues, Mítridates embajadores a Hispania con cartas para Sertorio, y con el encargo de decirle que le daría fondos y naves para la guerra, sin solicitar más de él sino que le hiciera segura la posesión de toda aquella parte del Asia que había tenido que ceder a los Romanos conforme a los tratados ajustados con Sila. Convocó Sertorio a Consejo, al que, como siempre, llamó Senado; y siendo los demás de dictamen de que se accediera a la propuesta como muy admisible, pues que no pidiéndosele más que nombres y letras vanas sobre objetos que no estaban en su facultad, iban en cambio a recibir cosas positivas que les hacían gran falta, no vino en ello Sertorio, sino que dijo que no repugnaría el que Mitridates ocupase la Bitinia y la Capadocia, provincias dominadas siempre por el rey y que no pertenecían a los Romanos, pero en cuanto a una provincia que, poseída por éstos con el mejor título, Mitridates se la había quitado y retenido, perdiéndola después, primero, por haberla reconquistado Fimbria con las armas, y luego por haberla cedido aquel a Sila en el tratado, no consentiría que volviese ahora a ser suya; porque mandando él, debía tener aumentos la república y no hacer pérdidas a trueque de que mandase: pues era propio del hombre virtuoso el desear vencer con honra; pero con ignominia, ni siquiera salvar la vida.
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domingo, 8 de junio de 2008
Sertorio en Hispania, según Plutarco (IV)
Ver tercera parte.
XIII ¬. Además de esto, Metelo, que era ya hombre de bastante edad, después de muchos y peligrosos combates, había empezado a tratarse con más delicadeza y regalo que antes, y se las había con Sertorio, lleno de vigor y robustez, y que tenía muy ejercitadas las fuerzas, la ligereza y la frugalidad. Porque ni aun en el mayor ocio se dio jamás al vino, y se había acostumbrado a tolerar grandes fatigas, largas marchas y frecuentes vigilias, bastándole para todo esto escasos y groseros alimentos. Entreteníase siempre, cuando estaba desocupado, en andar por el campo y en cazar, ensayando el modo de libertarse con la fuga, y cómo envolver al enemigo siguiendo un alcance; y así había adquirido conocimiento de los lugares inaccesibles y de los que daban franco paso. Por tanto, sucediendo, por lo común, que el que quiere evitar batalla padece lo mismo que el que es vencido, para éste el huír era como si él persiguiese; porque cortaba a los que iban a tomar agua, interceptaba los víveres; si el enemigo quería marchar, le impedía el paso; cuando iba a acamparse, no le dejaba sosiego, y cuando quería sitiar se aparecía él y le sitiaba por hambre, tanto, que los soldados llegaron a aburrirse; y como Sertorio provocase a Metelo a un desafío, empezaron a gritar, incitándole a que peleara general contra general, Romano contra Romano; cuando vieron que no lo admitía, le insultaron, pero él se rió de ellos, e hizo muy bien: pues, como dice Teofrasto, un general debe hacer muerte de general y no de un miserable soldado. Viendo, pues, Metelo que los de Lacóbriga estaban muy de parte de Sertorio, y que sería fácil tomarlos por la sed, a causa de que dentro de la ciudad no había más que un solo pozo, y entraba en su proyecto apoderarse de las fuentes y arroyos que había de murallas afuera, marchó contra este pueblo, persuadido de que el sitio sería cosa de dos días, faltándoles el agua; así, a sus soldados les dio orden de que sólo tomaran provisiones para cinco días. Mas Sertorio, acudiendo al punto en su auxilio, dispuso que se llenaran de agua dos mil odres, señalando por cada uno una gruesa cantidad de dinero; y habiéndose presentado al efecto muchos Hispanos y muchos Mauritanos, escogió a los más robustos y más ligeros, y los envió por la montaña, con orden de que, cuando entregaran los odres en la ciudad, sacaran a la gente inútil, para que con aquel repuesto de agua tuvieran bastante los defensores. Llegó esta disposición a oídos de Metelo, y le fue de mucho desagrado, porque ya los soldados casi habían consumido los víveres, y tuvo que enviar, para que hiciese un nuevo acopio, a Aquilio, que mandaba seis mil hombres. Entiéndelo Sertorio, y adelantándose a tomar el camino, cuando ya Aquilio volvía, hace salir contra él tres mil hombres de un barranco sombrío; y acometiendo él mismo de frente, le derrota, y la muerte a unos y toma a otros cautivos. Metelo, cuando vio que Aquilio volvía sin armas y sin caballo, tuvo que retirarse ignominiosamente, escarnecido de los Hispanos.
XIV ¬. Por estas hazañas miraban a Sertorio con grande amor aquellos bárbaros, y también porque, acostumbrándolos a las armas, a la formación y al orden de la milicia romana, y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, había reducido sus fuerzas a la forma de un ejército, de grandes cuadrillas de bandoleros que antes parecían. Además de esto, no perdonando gastos les adornaba con oro y plata los cascos, les pintaba con distintos colores los escudos, enseñábalos a usar de mantos y túnicas brillantes, y, fomentando por este medio su vanidad, se ganaba su afición. Mas lo que principalmente les cautivó la voluntad fue la disposición que tomó con los jóvenes; porque reuniendo en Osca, ciudad grande y populosa, a los hijos de los más principales e ilustres entre aquellas gentes, y poniéndoles maestros de todas las ciencias y profesiones griegas y romanas, en la realidad los tomaba en rehenes, pero en la apariencias los instruía, para que, en llegando a la edad varonil, participasen del gobierno y de la magistratura. Los padres, en tanto, estaban sumamente contentos viendo a sus hijos ir a las escuelas muy engalanados y vestidos de púrpura, y que Sertorio pagaba por ellos los honorarios, los examinaba por sí muchas veces, les distribuía premios y les regalaba aquellos collares que los Romanos llaman bulas. Siendo costumbre entre los Hispanos que los que hacían formación aparte con el general perecieran con él si venía a morir, a lo que aquellos bárbaros llamaban consagración, al lado de los demás generales sólo se ponían algunos de sus asistentes y de sus amigos; pero a Sertorio le seguían muchos millares de hombres, resueltos a hacer por él esta especie de consagración. Así, se refiere que, en ocasión de retirarse a una ciudad, teniendo ya a los enemigos cerca, los Hispanos, olvidados de sí mismos, salvaron a Sertorio, tomándolo sobre los hombros y pasándolo así de uno a otro, hasta ponerlo encima de los muros, y luego que tuvieron en seguridad a su general cada uno de ellos se entregó a la fuga.
XV ¬. Ni eran solos los Hispanos a quererle por su caudillo, sino que este mismo tenían los soldados venidos de la Italia. Llegó, pues, también a Hispania, con grandes caudales y mucha gente, Perpena Ventón, del mismo partido que Sertorio, con ánimo de hacer de por sí la guerra a Metelo; pero los soldados empezaron a indisponerse, y haciendo frecuente conversación de Sertorio, pensaban ya en abandonar a Perpena, de quien decían que estaba muy hinchado con su linaje y su riqueza: así, cuando ya se supo que Pompeyo pasaba los Pirineos, tomaron los soldados las armas y las insignias de las legiones y gritaron a Perpena para que los condujese al campo de Sertorio, amenazándole que de lo contrario le dejarían por ir en busca de un hombre que podía salvarse y salvarlos; y Perpena tuvo que condescender con sus ruegos, y marchando al frente de ellos juntó con las de Sertorio sus tropas, que consistían en cincuenta y tres cohortes.
XVI ¬. Abrazaban el partido de Sertorio todos los de la parte acá del Ebro, con lo cual el número era poderoso, porque de todas partes acudían y se le presentaban gentes; pero, mortificado con el desorden y la temeridad de aquella turba, que clamaba por venir a las manos con los enemigos, sin poder sufrir la dilación, trató de calmarla y sosegarla por medio de la reflexión y del discurso. Mas cuando vio que no cedían, sino que insistían tenazmente, no hizo por entonces caso de ellos, y los dejó que fueran a estrellarse con los enemigos, con la esperanza de que, no siendo del todo deshechos, sino hasta cierto punto escarmentados, con esto los tendría en adelante más sujetos y obedientes. Sucedió lo que pensaba, y marchando entonces en su socorro los sostuvo en la fuga, y los restituyó con seguridad al campamento. Queriendo luego curarlos del desaliento, los convocó a todos al cabo de pocos días a junta general, en la que hizo presentar dos caballos, el uno sumamente flaco y viejo, y el otro fuerte y lozano, con una cola muy hermosa y muy poblada de cerdas. Al lado del flaco se puso un hombre robusto y de mucha fuerza, y al lado del lozano otro hombre pequeño y de figura despreciable. A cierta señal, el hombre robusto tiró con entrambas manos de la cola del caballo como para arrancarla, y el otro pequeño, una a una, fue arrancando las cerdas del caballo brioso. Como al cabo de tiempo el uno se hubiese afanado mucho en vano, y hubiese sido ocasión de risa a los espectadores, teniendo que darse por vencido mientras que el otro mostró limpia la cola de cerdas en breve tiempo y sin trabajo, levantándose Sertorio: “Ved ahí- les dijo-, oh camaradas, cómo la paciencia puede más que la fuerza; cómo cosas que no pueden acabarse juntas ceden y se acaban poco a poco; nada resiste a la asiduidad, con la que el tiempo, en su curso, destruye y consume todo poder, siendo un excelente auxiliador de los que saben aprovechar la ocasión que les presenta e irreconciliable enemigo de los que fuera de sazón se precipitan”. Inculcando continuamente Sertorio a los bárbaros estas exhortaciones, los alentaba y disponía para esperar la oportunidad.
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XIII ¬. Además de esto, Metelo, que era ya hombre de bastante edad, después de muchos y peligrosos combates, había empezado a tratarse con más delicadeza y regalo que antes, y se las había con Sertorio, lleno de vigor y robustez, y que tenía muy ejercitadas las fuerzas, la ligereza y la frugalidad. Porque ni aun en el mayor ocio se dio jamás al vino, y se había acostumbrado a tolerar grandes fatigas, largas marchas y frecuentes vigilias, bastándole para todo esto escasos y groseros alimentos. Entreteníase siempre, cuando estaba desocupado, en andar por el campo y en cazar, ensayando el modo de libertarse con la fuga, y cómo envolver al enemigo siguiendo un alcance; y así había adquirido conocimiento de los lugares inaccesibles y de los que daban franco paso. Por tanto, sucediendo, por lo común, que el que quiere evitar batalla padece lo mismo que el que es vencido, para éste el huír era como si él persiguiese; porque cortaba a los que iban a tomar agua, interceptaba los víveres; si el enemigo quería marchar, le impedía el paso; cuando iba a acamparse, no le dejaba sosiego, y cuando quería sitiar se aparecía él y le sitiaba por hambre, tanto, que los soldados llegaron a aburrirse; y como Sertorio provocase a Metelo a un desafío, empezaron a gritar, incitándole a que peleara general contra general, Romano contra Romano; cuando vieron que no lo admitía, le insultaron, pero él se rió de ellos, e hizo muy bien: pues, como dice Teofrasto, un general debe hacer muerte de general y no de un miserable soldado. Viendo, pues, Metelo que los de Lacóbriga estaban muy de parte de Sertorio, y que sería fácil tomarlos por la sed, a causa de que dentro de la ciudad no había más que un solo pozo, y entraba en su proyecto apoderarse de las fuentes y arroyos que había de murallas afuera, marchó contra este pueblo, persuadido de que el sitio sería cosa de dos días, faltándoles el agua; así, a sus soldados les dio orden de que sólo tomaran provisiones para cinco días. Mas Sertorio, acudiendo al punto en su auxilio, dispuso que se llenaran de agua dos mil odres, señalando por cada uno una gruesa cantidad de dinero; y habiéndose presentado al efecto muchos Hispanos y muchos Mauritanos, escogió a los más robustos y más ligeros, y los envió por la montaña, con orden de que, cuando entregaran los odres en la ciudad, sacaran a la gente inútil, para que con aquel repuesto de agua tuvieran bastante los defensores. Llegó esta disposición a oídos de Metelo, y le fue de mucho desagrado, porque ya los soldados casi habían consumido los víveres, y tuvo que enviar, para que hiciese un nuevo acopio, a Aquilio, que mandaba seis mil hombres. Entiéndelo Sertorio, y adelantándose a tomar el camino, cuando ya Aquilio volvía, hace salir contra él tres mil hombres de un barranco sombrío; y acometiendo él mismo de frente, le derrota, y la muerte a unos y toma a otros cautivos. Metelo, cuando vio que Aquilio volvía sin armas y sin caballo, tuvo que retirarse ignominiosamente, escarnecido de los Hispanos.
XIV ¬. Por estas hazañas miraban a Sertorio con grande amor aquellos bárbaros, y también porque, acostumbrándolos a las armas, a la formación y al orden de la milicia romana, y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, había reducido sus fuerzas a la forma de un ejército, de grandes cuadrillas de bandoleros que antes parecían. Además de esto, no perdonando gastos les adornaba con oro y plata los cascos, les pintaba con distintos colores los escudos, enseñábalos a usar de mantos y túnicas brillantes, y, fomentando por este medio su vanidad, se ganaba su afición. Mas lo que principalmente les cautivó la voluntad fue la disposición que tomó con los jóvenes; porque reuniendo en Osca, ciudad grande y populosa, a los hijos de los más principales e ilustres entre aquellas gentes, y poniéndoles maestros de todas las ciencias y profesiones griegas y romanas, en la realidad los tomaba en rehenes, pero en la apariencias los instruía, para que, en llegando a la edad varonil, participasen del gobierno y de la magistratura. Los padres, en tanto, estaban sumamente contentos viendo a sus hijos ir a las escuelas muy engalanados y vestidos de púrpura, y que Sertorio pagaba por ellos los honorarios, los examinaba por sí muchas veces, les distribuía premios y les regalaba aquellos collares que los Romanos llaman bulas. Siendo costumbre entre los Hispanos que los que hacían formación aparte con el general perecieran con él si venía a morir, a lo que aquellos bárbaros llamaban consagración, al lado de los demás generales sólo se ponían algunos de sus asistentes y de sus amigos; pero a Sertorio le seguían muchos millares de hombres, resueltos a hacer por él esta especie de consagración. Así, se refiere que, en ocasión de retirarse a una ciudad, teniendo ya a los enemigos cerca, los Hispanos, olvidados de sí mismos, salvaron a Sertorio, tomándolo sobre los hombros y pasándolo así de uno a otro, hasta ponerlo encima de los muros, y luego que tuvieron en seguridad a su general cada uno de ellos se entregó a la fuga.
XV ¬. Ni eran solos los Hispanos a quererle por su caudillo, sino que este mismo tenían los soldados venidos de la Italia. Llegó, pues, también a Hispania, con grandes caudales y mucha gente, Perpena Ventón, del mismo partido que Sertorio, con ánimo de hacer de por sí la guerra a Metelo; pero los soldados empezaron a indisponerse, y haciendo frecuente conversación de Sertorio, pensaban ya en abandonar a Perpena, de quien decían que estaba muy hinchado con su linaje y su riqueza: así, cuando ya se supo que Pompeyo pasaba los Pirineos, tomaron los soldados las armas y las insignias de las legiones y gritaron a Perpena para que los condujese al campo de Sertorio, amenazándole que de lo contrario le dejarían por ir en busca de un hombre que podía salvarse y salvarlos; y Perpena tuvo que condescender con sus ruegos, y marchando al frente de ellos juntó con las de Sertorio sus tropas, que consistían en cincuenta y tres cohortes.
XVI ¬. Abrazaban el partido de Sertorio todos los de la parte acá del Ebro, con lo cual el número era poderoso, porque de todas partes acudían y se le presentaban gentes; pero, mortificado con el desorden y la temeridad de aquella turba, que clamaba por venir a las manos con los enemigos, sin poder sufrir la dilación, trató de calmarla y sosegarla por medio de la reflexión y del discurso. Mas cuando vio que no cedían, sino que insistían tenazmente, no hizo por entonces caso de ellos, y los dejó que fueran a estrellarse con los enemigos, con la esperanza de que, no siendo del todo deshechos, sino hasta cierto punto escarmentados, con esto los tendría en adelante más sujetos y obedientes. Sucedió lo que pensaba, y marchando entonces en su socorro los sostuvo en la fuga, y los restituyó con seguridad al campamento. Queriendo luego curarlos del desaliento, los convocó a todos al cabo de pocos días a junta general, en la que hizo presentar dos caballos, el uno sumamente flaco y viejo, y el otro fuerte y lozano, con una cola muy hermosa y muy poblada de cerdas. Al lado del flaco se puso un hombre robusto y de mucha fuerza, y al lado del lozano otro hombre pequeño y de figura despreciable. A cierta señal, el hombre robusto tiró con entrambas manos de la cola del caballo como para arrancarla, y el otro pequeño, una a una, fue arrancando las cerdas del caballo brioso. Como al cabo de tiempo el uno se hubiese afanado mucho en vano, y hubiese sido ocasión de risa a los espectadores, teniendo que darse por vencido mientras que el otro mostró limpia la cola de cerdas en breve tiempo y sin trabajo, levantándose Sertorio: “Ved ahí- les dijo-, oh camaradas, cómo la paciencia puede más que la fuerza; cómo cosas que no pueden acabarse juntas ceden y se acaban poco a poco; nada resiste a la asiduidad, con la que el tiempo, en su curso, destruye y consume todo poder, siendo un excelente auxiliador de los que saben aprovechar la ocasión que les presenta e irreconciliable enemigo de los que fuera de sazón se precipitan”. Inculcando continuamente Sertorio a los bárbaros estas exhortaciones, los alentaba y disponía para esperar la oportunidad.
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sábado, 7 de junio de 2008
Sertorio en Hispania, según Plutarco (III)
Ver segunda parte
IX ¬. Engendró esta relación en Sertorio un vivo deseo de habitar aquellas islas y vivir con sosiego, libre de la tiranía y de toda guerra; pero habiéndolo entendido los de la Cilicia, que ninguna codicia tenían de paz y de quietud, sino de riqueza y de despojos, le dejaron con sus deseos, y se dirigieron al África para restituir a Áscalis, hijo de Ifta, al trono de la Mauritania. No pudo tampoco contenerse Sertorio, sino que resolvió ir en auxilio de los que peleaban contra Áscalis, para que sus tropas, concibiendo nuevas esperanzas, y teniendo ocasión de nuevas hazañas, no se le desbandasen por la falta de recursos. Habiendo sido su llegada de gran placer para los Mauritanos, puso mano a la obra, y, vencido Áscalis, le puso sitio Sila, en tanto, envió en socorro de éste a Paciano, con las correspondientes fuerzas; mas habiendo venido Sertorio a batalla con él, le dio muerte, y quedando vencedor agregó a las suyas estas tropas, poniendo después cerco a la ciudad de Tingis, adonde Ascalis se había retirado con sus hermanos, Dicen los Tingitanos que está allí enterrado Anteo, y Sertorio hizo abrir su sepulcro, no queriendo dar crédito a aquellos bárbaros, a causa de su desmedida grandeza; pero visto el cadáver, que tenía de largo, según se cuenta, sesenta codos, se quedó pasmado, y sacrificando víctimas volvió a cerrar la sepultura, habiéndole dado con esto mayor honor y fama. Añaden los Tingitanos a esta fábula que, muerto Anteo, su mujer, Tingis, se ayuntó con Heracles, y habiendo tenido en hijo a Sófax, reinó éste en el país y puso a la ciudad el nombre de la madre, y que de este Sófax fue hijo Diodoro, a quien obedecieron muchas gentes del África, por tener a sus órdenes un ejército griego, compuesto de los que fueron allí trasladados por Heracles de Olbia y de Micenas. Mas todo esto sea dicho en honor de Juba, el mejor historiador entre los reyes, por cuanto se dice que su linaje traía origen de Diodoro y Sófax. Sertorio, aunque logró triunfar de todos, en nada ofendió a los que le suplicaron y se pusieron en sus manos, sino que les restituyó los bienes, las ciudades y el gobierno, recibiendo sólo lo que buenamente había menester, y aun esto por pura dádiva.
X ¬. Meditaba adónde se dirigiría desde allí, cuando le llamaron los Lusitanos, brindándole, por medio de embajadores, con el mando; pues hallándose faltos de un general de opinión y de experiencia, que pudieran oponer al temor que los Romanos les inspiraban, en éste sólo tenían confianza, por haber sabido de los que le habían tratado cuál era su índole; pues se dice que Sertorio no se dejaba dominar ni del deleite ni del miedo, siendo por naturaleza inalterable en los peligros y moderado en la prosperidad; que trabado el combate, no fue inferior en arrojo a ninguno de los generales de su tiempo, y que, cuando en la guerra se trataba de merodear y hacer presa, de ocupar puestos ventajosos o de meterse por entre los enemigos, necesitándose para ello de dolo y de engaños, era en tales casos de los más sagaces y astutos. En premiar los servicios usaba de largueza y magnificencia, siendo benigno en castigar las faltas; sin embargo, lo ejecutado cruel y sañudamente con los rehenes hacia el fin de sus días parece que descubre que su carácter no era el de la mansedumbre, sino que por reflexión lo sabía comprimir, cediendo a la necesidad. Por lo que hace a mí, nunca creeré que una virtud decidida y bien cimentada en la razón pueda por ningún caso de fortuna degenerar en el vicio opuesto; con todo, no considero imposible que los mejores propósitos, y los caracteres más formados a la virtud, hagan mudanza en sus costumbres por desgracias y calamidades injustamente padecidas; y fue lo que me parece le sucedió a Sertorio, que, cuando se vio abandonado de la fortuna, irritado por los mismos acontecimientos se hizo cruel contra los que le ofendían.
XI ¬. Como le llamasen, pues, los Lusitanos, abandonó el África, y poniéndose al frente de ellos, constituído su general con absoluto imperio, sujetó a su obediencia aquella parte de la España, uniéndosele los más voluntariamente, a causa, en la mayor parte, de su dulzura y actividad, aunque también usó de artificios para engañarlos y embaucarlos; el más señalado entre todos fue el de la cierva, que dispuso de esta manera. Uno de aquellos naturales, llamado Espano, que vivía en el campo, se encontró con una cierva recién parida que huía de los cazadores; y a ésta la dejó ir; pero a la cervatilla, maravillado de su color, porque era toda blanca, la persiguió y la alcanzó. Hallábase casualmente Sertorio acampado en las inmediaciones, y como recibiese con afabilidad a los que le llevaban algún presente, bien fuese de caza, o de los frutos del campo, recompensando con largueza a los que así le hacían obsequio, se le presentó también éste para regalarle la cervatilla. Admitióla, y al principio no fue grande el placer que manifestó; pero con el tiempo, habiéndose hecho tan mansa y dócil, que acudía cuando la llamaba, y le seguía a doquiera que iba, sin espantarse del tropel y ruido militar, poco a poco la fue divinizando, digámoslo así, haciendo creer que aquella cierva había sido un presente de Diana, y esparciendo la voz de que le revelaba las cosas ocultas, por saber que los bárbaros son naturalmente muy inclinados a la superstición. Para acreditarlo más, se valía de este medio: cuando reservada y secretamente llegaba a entender que los enemigos iban a invadir su territorio, o trataban de separar de su obediencla a una ciudad, fingía que la cierva le había hablado en las horas del sueño, previniéndole que tuviera las tropas a punto. Por otra parte, si se le daba aviso de que alguno de sus generales había alcanzado una victoria, ocultaba al que lo había traído, y presentaba a la cierva coronada como anunciadora de buenas nuevas, excítándolos a mostrarse alegres y a sacrificar a los dioses, porque en breve había de llegar una fausta noticia.
XII ¬. Después que los hubo hecho tan dóciles, los tenía dispuestos para todo, estando persuadidos de que no eran mandados por el designio de un hombre extranjero, sino por un dios; dando además los hechos mismos testimonio de que su poder se había aumentado fuera de lo que podía pensarse, porque con sólo haber reunido cuatro mil broqueleros y setecientos caballos de los Lusitanos, con dos mil y seiscientos a quienes llamaban Romanos, y con unos setecientos Africanos que se le habían agregado, siguiéndole desde aquella región, hacía la guerra a cuatro generales romanos, que tenían a sus órdenes ciento veinte mil infantes, seis mil hombres de caballería, dos mil entre arqueros y honderos y un grandísimo número de ciudades: cuando él, al principio, no tuvo entre todas más de veinte; y sin embargo de haber empezado con tan escasas y apocadas fuerzas, no sólo sujetó a numerosos pueblos y tomó muchas ciudades, sino que, de los generales contrarios, a Cota lo venció en combate naval cerca del puerto de Melaria, y a Aufidio, prefecto de la Bética, lo derrotó a las orillas del Betis, matándole doscientos Romanos. Venció, asimismo, por medio de su cuestor, a Domicio Calvisio, procónsul que era de la otra Hispania, y dio muerte a Toranio, otro de los generales que Metelo había enviado con fuerzas contra él; aun al mismo Metelo, varón de los primeros y más acreditados de su edad, habiéndose aprovechado de los no pequeños yerros que éste cometió, le puso en tanto aprieto, que fue preciso que Lucio Manlio viniera desde la Galia Narbonense en su socorro, y que de Roma misma fuera enviado Pompeyo Magno con considerables fuerzas. Porque Metelo no sabía qué hacerse con un hombre arrojado, que huía de toda batalla campal, y usaba de todo género de estratagemas por la prontitud y ligereza de la tropa hispana; cuando él no estaba ejercitado sino en combates reglados y en riguroso orden, y sólo sabía mandar tropas apiñadas, que, combatiendo a pie firme, estaban acostumbradas a rechazar y destrozar a los enemigos que venían con ellas a las manos; pero no a trepar por los montes, siguiendo el alcance de sus incansables fugas a unos hombres veloces como el viento, ni a tolerar como ellos el hambre y un género de vida en la que para nada echaban de menos el fuego ni las tiendas.
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IX ¬. Engendró esta relación en Sertorio un vivo deseo de habitar aquellas islas y vivir con sosiego, libre de la tiranía y de toda guerra; pero habiéndolo entendido los de la Cilicia, que ninguna codicia tenían de paz y de quietud, sino de riqueza y de despojos, le dejaron con sus deseos, y se dirigieron al África para restituir a Áscalis, hijo de Ifta, al trono de la Mauritania. No pudo tampoco contenerse Sertorio, sino que resolvió ir en auxilio de los que peleaban contra Áscalis, para que sus tropas, concibiendo nuevas esperanzas, y teniendo ocasión de nuevas hazañas, no se le desbandasen por la falta de recursos. Habiendo sido su llegada de gran placer para los Mauritanos, puso mano a la obra, y, vencido Áscalis, le puso sitio Sila, en tanto, envió en socorro de éste a Paciano, con las correspondientes fuerzas; mas habiendo venido Sertorio a batalla con él, le dio muerte, y quedando vencedor agregó a las suyas estas tropas, poniendo después cerco a la ciudad de Tingis, adonde Ascalis se había retirado con sus hermanos, Dicen los Tingitanos que está allí enterrado Anteo, y Sertorio hizo abrir su sepulcro, no queriendo dar crédito a aquellos bárbaros, a causa de su desmedida grandeza; pero visto el cadáver, que tenía de largo, según se cuenta, sesenta codos, se quedó pasmado, y sacrificando víctimas volvió a cerrar la sepultura, habiéndole dado con esto mayor honor y fama. Añaden los Tingitanos a esta fábula que, muerto Anteo, su mujer, Tingis, se ayuntó con Heracles, y habiendo tenido en hijo a Sófax, reinó éste en el país y puso a la ciudad el nombre de la madre, y que de este Sófax fue hijo Diodoro, a quien obedecieron muchas gentes del África, por tener a sus órdenes un ejército griego, compuesto de los que fueron allí trasladados por Heracles de Olbia y de Micenas. Mas todo esto sea dicho en honor de Juba, el mejor historiador entre los reyes, por cuanto se dice que su linaje traía origen de Diodoro y Sófax. Sertorio, aunque logró triunfar de todos, en nada ofendió a los que le suplicaron y se pusieron en sus manos, sino que les restituyó los bienes, las ciudades y el gobierno, recibiendo sólo lo que buenamente había menester, y aun esto por pura dádiva.
X ¬. Meditaba adónde se dirigiría desde allí, cuando le llamaron los Lusitanos, brindándole, por medio de embajadores, con el mando; pues hallándose faltos de un general de opinión y de experiencia, que pudieran oponer al temor que los Romanos les inspiraban, en éste sólo tenían confianza, por haber sabido de los que le habían tratado cuál era su índole; pues se dice que Sertorio no se dejaba dominar ni del deleite ni del miedo, siendo por naturaleza inalterable en los peligros y moderado en la prosperidad; que trabado el combate, no fue inferior en arrojo a ninguno de los generales de su tiempo, y que, cuando en la guerra se trataba de merodear y hacer presa, de ocupar puestos ventajosos o de meterse por entre los enemigos, necesitándose para ello de dolo y de engaños, era en tales casos de los más sagaces y astutos. En premiar los servicios usaba de largueza y magnificencia, siendo benigno en castigar las faltas; sin embargo, lo ejecutado cruel y sañudamente con los rehenes hacia el fin de sus días parece que descubre que su carácter no era el de la mansedumbre, sino que por reflexión lo sabía comprimir, cediendo a la necesidad. Por lo que hace a mí, nunca creeré que una virtud decidida y bien cimentada en la razón pueda por ningún caso de fortuna degenerar en el vicio opuesto; con todo, no considero imposible que los mejores propósitos, y los caracteres más formados a la virtud, hagan mudanza en sus costumbres por desgracias y calamidades injustamente padecidas; y fue lo que me parece le sucedió a Sertorio, que, cuando se vio abandonado de la fortuna, irritado por los mismos acontecimientos se hizo cruel contra los que le ofendían.
XI ¬. Como le llamasen, pues, los Lusitanos, abandonó el África, y poniéndose al frente de ellos, constituído su general con absoluto imperio, sujetó a su obediencia aquella parte de la España, uniéndosele los más voluntariamente, a causa, en la mayor parte, de su dulzura y actividad, aunque también usó de artificios para engañarlos y embaucarlos; el más señalado entre todos fue el de la cierva, que dispuso de esta manera. Uno de aquellos naturales, llamado Espano, que vivía en el campo, se encontró con una cierva recién parida que huía de los cazadores; y a ésta la dejó ir; pero a la cervatilla, maravillado de su color, porque era toda blanca, la persiguió y la alcanzó. Hallábase casualmente Sertorio acampado en las inmediaciones, y como recibiese con afabilidad a los que le llevaban algún presente, bien fuese de caza, o de los frutos del campo, recompensando con largueza a los que así le hacían obsequio, se le presentó también éste para regalarle la cervatilla. Admitióla, y al principio no fue grande el placer que manifestó; pero con el tiempo, habiéndose hecho tan mansa y dócil, que acudía cuando la llamaba, y le seguía a doquiera que iba, sin espantarse del tropel y ruido militar, poco a poco la fue divinizando, digámoslo así, haciendo creer que aquella cierva había sido un presente de Diana, y esparciendo la voz de que le revelaba las cosas ocultas, por saber que los bárbaros son naturalmente muy inclinados a la superstición. Para acreditarlo más, se valía de este medio: cuando reservada y secretamente llegaba a entender que los enemigos iban a invadir su territorio, o trataban de separar de su obediencla a una ciudad, fingía que la cierva le había hablado en las horas del sueño, previniéndole que tuviera las tropas a punto. Por otra parte, si se le daba aviso de que alguno de sus generales había alcanzado una victoria, ocultaba al que lo había traído, y presentaba a la cierva coronada como anunciadora de buenas nuevas, excítándolos a mostrarse alegres y a sacrificar a los dioses, porque en breve había de llegar una fausta noticia.
XII ¬. Después que los hubo hecho tan dóciles, los tenía dispuestos para todo, estando persuadidos de que no eran mandados por el designio de un hombre extranjero, sino por un dios; dando además los hechos mismos testimonio de que su poder se había aumentado fuera de lo que podía pensarse, porque con sólo haber reunido cuatro mil broqueleros y setecientos caballos de los Lusitanos, con dos mil y seiscientos a quienes llamaban Romanos, y con unos setecientos Africanos que se le habían agregado, siguiéndole desde aquella región, hacía la guerra a cuatro generales romanos, que tenían a sus órdenes ciento veinte mil infantes, seis mil hombres de caballería, dos mil entre arqueros y honderos y un grandísimo número de ciudades: cuando él, al principio, no tuvo entre todas más de veinte; y sin embargo de haber empezado con tan escasas y apocadas fuerzas, no sólo sujetó a numerosos pueblos y tomó muchas ciudades, sino que, de los generales contrarios, a Cota lo venció en combate naval cerca del puerto de Melaria, y a Aufidio, prefecto de la Bética, lo derrotó a las orillas del Betis, matándole doscientos Romanos. Venció, asimismo, por medio de su cuestor, a Domicio Calvisio, procónsul que era de la otra Hispania, y dio muerte a Toranio, otro de los generales que Metelo había enviado con fuerzas contra él; aun al mismo Metelo, varón de los primeros y más acreditados de su edad, habiéndose aprovechado de los no pequeños yerros que éste cometió, le puso en tanto aprieto, que fue preciso que Lucio Manlio viniera desde la Galia Narbonense en su socorro, y que de Roma misma fuera enviado Pompeyo Magno con considerables fuerzas. Porque Metelo no sabía qué hacerse con un hombre arrojado, que huía de toda batalla campal, y usaba de todo género de estratagemas por la prontitud y ligereza de la tropa hispana; cuando él no estaba ejercitado sino en combates reglados y en riguroso orden, y sólo sabía mandar tropas apiñadas, que, combatiendo a pie firme, estaban acostumbradas a rechazar y destrozar a los enemigos que venían con ellas a las manos; pero no a trepar por los montes, siguiendo el alcance de sus incansables fugas a unos hombres veloces como el viento, ni a tolerar como ellos el hambre y un género de vida en la que para nada echaban de menos el fuego ni las tiendas.
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